Alexandra Ranner

06 07 2008

Ich habe genug  I, 1, 2005 Caja de luz. 52x156x18 cm. Ed/3. … 

12 07 2008

Los dispositivos teatrales de Alexandra Ranner

En esta exposición (en la galería Oliva Arauna, Madrid, 2007), Alexandra Ranner presenta dos tipos de obras: de una parte, las “cajas” (así las llama) o maquetas a distintas escalas de espacios arquitectónicos; de otra, dos vídeos protagonizados por cabezas cortadas. Y las fotografías que ha hecho a partir de unas y otros. Son proyectos menos divergentes de lo que a primera vista podría parecer. Todas las obras de Ranner que conocemos parten de la construcción de escenarios. Las más ambiciosas son las grandes cajas que fingen interiores domésticos, que al principio estuvieron cerradas por paneles de metacrilato y luego quedaron abiertas. La idea original fue la de restituir el volumen a fotografías de interiores tomadas por ella, preservando “los elementos técnicos de la imagen fotográfica: luz y perspectiva”. En efecto, estos environments no están pensados para ser transitados, sino para ser vistos desde el exterior. Son “imágenes en tres dimensiones”… reducidas de nuevo al plano cuando son fotografiados por la artista.

Como dispositivos visuales, las construcciones derivan de las innovaciones que la perspectiva renacentista introdujo en el diseño de los teatros, con Vignola y Palladio a la cabeza. La inclinación del suelo y la convergencia de las líneas de los muros, así como las puertas, corredores y falsos exteriores, son elementos que toma Ranner para crear la ilusión de profundidad y amplitud. La iluminación, como en el teatro, juega igualmente un papel dramático, y es a veces el único protagonista en escena. Pero en Flur, la caja más grande de las ahora presentadas, se combina una compleja trama de proyecciones, reflejos y voyeurismo: desde el extremo del pasillo que se adentra en una casa, vemos, a través del espejo que se vislumbra tras una puerta entreabierta, a un hombre sentado que mira por una ventana una escena de violencia (que es, de nuevo, puro teatro: pronto se adivina que uno de los contendientes es una marioneta).

Models Carten, 2006

Models-Garten, 2006

Violencia y teatralidad que están también implícitas en Ich habe genug (Ya tengo bastante), vídeo en el que una cabeza cortada entona, a capella, fragmentos de la cantata BWV 82 de Bach, en la que Simeón se muestra dispuesto a dejar el mundo. Ranner elimina los versos de contenido religioso para limitarla a una redundante volición de muerte. La cabeza flota en un canal como la de Orfeo que, arrancada por las ménades, canta aún en el río Hebro. Las orillas de ese canal son ficticias (una nueva maqueta de luz dramática), y en la presentación de la obra en la Kunstverein Ruhr, se intensificaba su condición escénica al contemplarse el vídeo desde la calle a través de una alargada ventana a modo de embocadura. También es falso el paisaje del segundo vídeo, April, más grotesco, en el que varias cabezas se lamentan con el transcurrir de los días. Pero, ¿por qué decapitados? Tal vez porque la “cabeza parlante” es uno de los más viejos trucos de la prestidigitación, género teatral, juego ilusionista.

Elena Vozmediano

12 07 2008

Ich habe genug

En el video de Alexandra Ranner “Ich habe genug” vemos una cabeza que ha sido cercenada del torso que canta, con una voz melancólica, una cantata de Bach (BWV 82) cuyo título es el mismo que el del video. Un paisaje estilizado va pasando lentamente, el agua arrastra la cabeza que, con pena y desesperación expresa su deseo de morir y su promesa de redención con “Ich freue mich auf meinen Tod…” (“Miro para adelante hacia mi muerte”). Las paradojas dominan el escenario irreal: la orilla fluye ante el río inmóvil, una cabeza decapitada canta a plena voz “Ich habe genug” en un registro de bajo, una persona muerta añora su muerte, una música barroca como yuxtaposición al mundo hedonista y consumista de hoy en día. Estas contradicciones presentan diversas referencias a los grandes relatos de la historia de la civilización. En la mitología griega fue la cabeza de Orfeo que, cercenada por las Ménades, bajaba por el río Hebro todavía cantando. El tema cristiano del sufrimiento que redime al alma humana tiene su proyección en el presente con el dualismo dolor/erotismo en el teatro, la literatura y el cine.

Alexandra Ranner no “ilustra” estas interrelaciones que más o menos existen en la memoria colectiva, pero se apropia de ellas como artista. La manera con que ella trata el tema de la decapitación y la renuncia es una potente y eficaz imagen que lleva al espectador a un estado de tranquilidad.

En las maquetas y las fotografías Alexandra simula y representa interiores, recreándolos tridimensionalmente y fotografiándolos para que posteriormente le sirvan como base para futuras maquetas. Mobiliario escaso, iluminación sugestiva, colores apagados y la sucesión de espacios y ángulos que confunden al espectador, crean una sensación escalofriante que estimula las fantasías más “voyeurísticas” al mismo tiempo que nos hace mantener la distancia.

Flur

Flur

En la gran instalación titulada “Flur” (Pasillo) que ocupa la sala central de la galería vemos un pasillo estrecho que se va estrechando hacia el fondo donde hace un giro a la derecha. Una puerta entreabierta nos ofrece una vista hacia una habitación sutilmente iluminada y cuando nos hemos dado cuenta de lo que estamos viendo, seguimos sin entenderlo del todo.

Podemos ver un hombre sentado en una silla bajo una ventana mirando al espectador y también a un espejo, lo que le permite ver lo que está sucediendo detrás suyo, en la casa de al lado. La situación es confusa y llena de premoniciones: el hombre está sentado en semi-oscuridad en una habitación pequeña y claustrofóbica mirando lo que está sucediendo en casa de su vecino. La escena del fondo es también rara: el vecino baila con una muñeca, la zarandea y vuelve a bailar con ella. Podemos reconocer esto con dificultad, pero lo suficientemente claro como para ver que es un gesto no del todo inofensivo.

El centro de este trabajo, la vista del interior de la sala, es básicamente una ilusión. Por lo menos, los acontecimientos no están sucediendo en la realidad que Alexandra pretende presentar. Sólo podemos ver la escena como reflejo, donde tiene un papel principal el espejo. El espectador que mira esta obra está sujeto a un doble juego: por un lado ejerce de “voyeur”, y por el otro él es el observado. “Corridor” juega con nuestra percepción y también con la realidad ya que la profundidad que percibimos de la sala es sólo aparentemente real. Es real porque es visible, pero lo que vemos proviene de una videoproyección reproducida en la pared que está enfrente del espejo. En realidad, lo que estamos viendo delante de nosotros está sucediendo detrás de nosotros. Lo fascinante de este trabajo es que nos hace dudar de lo que vemos y nos es difícil de comprender la situación espacial de cada cosa percibida.

En el monitor de plasma vemos un vasto campo bajo el cielo azul, un paisaje cambiante entre montones de escombros y dunas. En medio, y como si fuese del todo natural, vemos un varias cabezas humanas. Se trata del video “April”. Como en “Ich habe genug”, estas cabezas no están muertas y presentan diferentes estados de ánimo. La acción principal se centra en el entorno: el tiempo cambia rápidamente, sopla un viento fuerte, va a llover, pero vuelve a cambiar y se vuelve caluroso y húmedo. Las cabezas permanecen inmóviles, sólo sus expresiones cambian. Hablan, de vez en cuando surgen discusiones, gritan, como cuando se junta gente con personalidades que chocan. La atmósfera está cargada de un aire absurdo y dramático, conseguido a través de la conjunción entre ruidos, palabras y acciones, con la imagen del fondo.

Models - Keller

Models - Keller

Fuente: Artnews.org

12 07 2008

Regocijándome saludo a mi muerte, ¡Ah, ojalá hubiese venido ya! Escaparía entonces de todo dolor que me encarcela aquí, en este mundo

Ich habe genug  I, 1, 2005 Caja de luz. 52x156x18 cm. Ed/3. 

Alexandra Ranner es una artista cuyo trabajo es generador de ámbitos de inquietud, de pregunta existencial, una artista que tiene algo que decir sin que el medio la domine. En sus manos, el mito de Orfeo, con su cabeza cantante deslizándose por el río Hebro mientras entona una melancólica salmodia acerca del deseo ya cercano de la muerte hecho posible por la furia desatada de las Ménades, toma una nueva forma sin perder un ápice de la intensa fascinación. En esta obra, Ich habe genug, la instalación de vídeo sobre una caja de luz, la cantata de Johan Sebastian Bach, el espacio de instalación que la obra genera alrededor de sí, son todos ellos elementos dramáticos que inciden no sólo en la obra en sí sino en el ámbito más intimo y amplio del espectador.

Cuenta el mito que Orfeo, después de perder a su amada Eurídice, rechazó todo contacto con mujeres:

Orfeo había rehuído toda clase de amor femenino, bien porque le había ido mal, bien porque había dado su palabra; sin embargo de muchas se había adueñado el ardiente deseo de unirse al poeta: muchas se dolieron rechazadas. (Ovidio, Metamorfosis X 79-86).

El desprecio de Orfeo provocó en ellas la ira.

Mientras con tal canto el vate de Tracia sirve de guía a los bosques, a los ánimos de las fieras y a las rocas que lo siguen, he aquí que las mujeres de los Cícones, cubiertos sus delirantes pechos con pieles de fieras, contemplan desde la cumbre de una colina a Orfeo que acompasa su canto a las cuerdas tañidas. Una de entre ellas, agitando su cabello a través de las ligeras brisas, “Ea”, dice, “ea, aquí está el que nos desprecia” y envió contra la cantarina boca del vate hijo de Apolo una lanza (…). Las rocas enrojecieron con la sangre del vate que ya no era oído. Y en primer lugar las Ménades se llevaron consigo las innumerables aves, absortas con la voz del que todavía cantaba, y las serpientes y el batallón de fieras, emblema del auditorio de Orfeo. Después con las manos ensangrentadas se vuelven contra Orfeo (…) y asesinan impías al que tendían las manos y en aquel momento por primera vez decía cosas que de nada servían y no las conmovía nada con su voz, y a través de aquella boca, por Júpiter, escuchada por las rocas y comprendida por los sentidos de las fieras, su alma exhalada se alejó a los vientos. A ti Te lloraron, Orfeo, las entristecidas aves, a ti la muchedumbre de fieras, a ti las duras rocas, los bosques que a menudo fueron en pos de tu canto. (…) Yacen diseminados tus miembros en distintos lugares. Tú, Hebro, acoges su cabeza y su lira y (¡oh, maravilla!) mientras se desliza en medio de la corriente, no sé qué quejidos lastimeros emite la lira, no sé qué lastimero murmura la lengua sin vida, no sé qué lastimero responden las orillas. (Ovidio, Metamorfosis XI 1ss).

En tiempos antiguos, había un rey de Tracia llamado Eagro. Como las mujeres mortales no le satisfacían, se enamoró de la musa Calíope. A ella también le gustó y de su unión nació un niño, al que llamaron Orfeo. Calíope tenía el don divino de poder cantar, que enseñó con destreza a su hijo. Tan hermosos eran los cantos del niño que el propio dios Apolo estaba encantado, y le regaló una lira que tocó con tanta dulzura que hasta las piedras lloraban.

Cuando creció, apareció un heraldo que le anunció el intento de Jasón de traer de vuelta el vellocino de oro. Se unió gustoso a los otros valientes griegos en el viaje, utilizando su música para vencer las muchas dificultades que en el camino surgieron. Pero deseaba volver a Tracia, pues estaba enamorado de una bella doncella llamada Eurídice. No obstante, el amor no se mostró generoso con ellos: justo después de casarse, ella dio con una víbora que la mordió y murió.

Orfeo se mostró inconsolable. Con su arpa en la mano, tomó la senda de los espíritus de los muertos y descendió a los infiernos. En su camino, encantó con sortilegios todos los guardianes hasta que consiguió llegar a la morada del dios Hades, señor del inframundo. Intercedió a Hades y a Perséfone a favor de su Eurídice y juró que si no conseguía volver a la tierra con ella, permanecería en el mundo de los muertos para siempre. Sus corazones se ablandaron con los cantos de Orfeo y los dioses cedieron. Le dijeron que se marchase y que su mujer iría tras él pero que no podría durante el viaje de vuelta mirar hacia atrás, so pena de perderla para siempre. Justo cuando volvía a la superficie, se giró para ver si no se había perdido en la espesa niebla. Ella estaba justo detrás de él, pero aún no había llegado a la superficie. Hermes, el mensajero, que les había seguido, invisible, la cogió y tiró de ella para devolverla al mudo de los muertos. Orfeo sólo tuvo un breve instante para levantar su velo y mirar su cara una última vez. Entonces, despareció. Con el corazón destrozado, Orfeo no podía soportar mirar a otra mujer, y durante los tres años siguientes, sirvió de sacerdote en el templo de Apolo. Las muchachas seguían acosándolo, pero las rechazaba, lo que les provocaba indignación. Orfeo no había perdido el deseo sino que ahora su pasión era el amor de los muchachos. Enseñó a los hombres de la Tracia el arte de amar muchachos y les reveló que, a través de ese amor, se podía volver a sentir la juventud, tocar la inocencia de la juventud, oler las flores de la primavera. Tuvo muchos amantes. El más destacado era el joven Calais, el alado, hijo de Boreo, el viento del Norte, su amigo y compañero en el Argos.

Pero el destino había dispuesto que su amor por Calais tendría un final abrupto. A principios de una primavera, durante las dionisiacas, ocurrió, cuando las mujeres de la Tracia asumían el papel de Ménades, las alegres y desbocadas sirvientes de Dionisio, el dios del vino, de la pasión y del abandono. Odiaban a Orfeo por haberlas rechazado cuando lo deseaban, por reservarse para los muchachos que ellas habían codiciado y por reírse tan abiertamente de su amor. Un día, cantó con tal dulzura que incluso los pájaros se callaron para escucharlo y los árboles se habían inclinado para oírlo mejor; cantaba a los dioses que han amado a muchachos, a Zeus y Ganímedes, a Apolo y sus amantes, a cómo incluso los dioses pueden perder a sus amados cuando les atrapan las garras de la muerte.

Ausente en su música, no se notó la presencia de las airadas Ménades en la linde del bosque. En un rapto de rabia, cayeron sobre él. “¿No tienes tiempo para nosotras, oh, dulce y hermoso muchacho?” gritó una. “Nuestros cuerpos, nuestras voces, no tienen el poder de encantarte, hombre antinatural?” gritó otra. “¡Conoce, pues, la furia de aquello que desprecias!” gritaron y todas le pegaron con ramas de árboles hasta tirarlo al suelo, desgarraron su cuerpo en pedazos y echaron sus restos al río. Orfeo, el más encantador de los hombres, murió pero su cabeza y su lira se alejaron flotando por el río Hebros, aún cantando, y siguió navegando sin rumbo hasta llegar a la isla de Lesbos, donde, al llegar a la playa, una gran serpiente se precipitó sobre él, pero fue convertida en piedra por Apolo. Colocaron su cabeza en una gruta sagrada, donde formuló profecías durante muchos años. A petición de Apolo y de las Musas, su lira fue llevada volando por Zeus a los cielos, donde aún hoy puede verse en forma de constelación de estrellas.

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